Fisura

Teorema es un proyecto colaborativo de recopilación y creación de imágenes, con esto quiero decir que es un proyecto de archivo digital que busca construirse a varias manos, con imágenes provenientes de múltiples orígenes, desde el álbum familiar pasando por found footage, hasta archivos institucionales, comprados en museos, etc.. Pensamos teorema como un espacio, una plataforma o interfaz en la que todas estas imágenes provenientes de distintos tipos de archivos se puedan reunir, vincular, y releer, en torno a ciertos ejes temáticos que proponemos, como es el tiempo en este caso.

 

El proyecto nace hace algunos años, por el 2015 en Tierra del Fuego. 

Nace de una observación aguda a la naturaleza, mientras acampábamos en una choza y vivíamos para el fuego. De alguna manera la inquietud era la relación del hombre con la naturaleza y las contradicciones que eso suscita, somos un todo o estamos separados entre lo humano y no humano. El humano temía a la naturaleza, la idealizaba, la observa cada vez más metódicamente, aísla sus partes, la domina, la explota y la destruye. Pero la naturaleza se renueva a sí misma, en cambio el hombre, no. 

Cómo se relacionan ahora en el antropoceno. Tal vez para empezar a caminar por ese aspecto del conocimiento había que isolarse a uno mismo, lejos de la manada, de las distracciones de la ciudad. Una cucharada de nuestra propia medicina positivista. Como en una iniciación para desaprender viejos métodos e integrar en nuestra memoria no sólo la experiencia del presente –esta suerte de visita temática a la isla de la fantasía-  sino que la experiencia de la isla en nosotros. Porque de eso se trata, ¿no? 

Para ello fue necesario empezar a sistematizar todo lo que aprendíamos: veíamos y sentíamos; valiéndonos paradójicamente de métodos modernos, colonizadores, como subvirtiendo su espíritu original, o tal vez replicándolo como un virus sin darnos cuenta. En fin, es algo que no podemos todavía saber. Y para ello seguimos viajando (ahora virtualmente), escribiendo cuadernos. 

Todo lo que veíamos entonces lo registrábamos con una cámara de rollo, todo lo que escuchábamos con una grabadora de sonido. Todo lo que leíamos lo transcribimos en cantidades de cuadernos como bitácoras de una expedición que quiere descubrir una trama (traza) de historia común, tomando los territorios mismos y todo lo que en ellos cohabita, como punto de partida de esa narración. 

Pensamos entonces en una manera de desplegar esta información reunida, retazos la verdad, de hechos recientes y ancestrales, en relación a todos los aspectos que despertaban un profundo misterio, curiosidad e interés: pueblos originarios, formaciones geológicas, colonización, etnocidio, expediciones, climatología, elefantes marinos, castores, albatros de ceja negra, navegación y supervivencia.. 

Entonces aparecieron los recursos que de alguna manera ya conocíamos: qué tal si hacemos una especie de enciclopedia visual donde podamos ordenar todo este material de manera elocuente pero también intuitiva y vemos de qué manera se pueden reconstruir / regenerar el conocimiento frente a una idea específica, preconcebida, aprendida a la fuerza – siempre voy a recordar el último tomo número 25 de la enciclopedia Sopena de mis papás, en la cual sólo había imágenes, hoja tras hoja de fotos y pinturas y ordenadas alfabéticamente y que hojéabamos con mis hermanos por horas identificándonos con una u otra – aprendiendo el mundo – aprehendiendo el mundo. 

¿Están extintos los selk’nam por ejemplo? o es una noticia oportunista nada más que aligera la agenda de bienes nacionales y terratenientes. 

Y a propósito de ellos, en una bitácora del padre salesiano Antonio Coiazzi, nombraba una montaña muy particular, la Montaña Roja, que según había conversado con los indios, representaba su héroe máximo que premiado por sus hazañas en vida, había conseguido la eternidad siendo convertido en roca tutelar. Kuanip. 

 

¿Dónde estaba esa montaña? 

¿Cómo se llamaba – originariamente – según los selk’nam?

 

Hasta hoy, hemos encontrado muy poca información. Como si la montaña esa hubiese existido desde su bautizo nada más. 

 

Y en gran parte fue eso lo que nos motivó a re mirar –nos, nuestros contextos, historia y lo que se supone que somos tenemos que ser demarcados por una línea imaginaria que determina nuestro territorio y una línea imaginaria que determina nuestra historia. 

Esos imaginarios no son ya cómodos, ni siquiera para el museo, son violentos, son líneas que se han trazado a fuerza de sometimientos, y están protegidas por minas anti personales y policías, por lo tanto, es justo y necesario explorarlas y explorar alternativas .